FANTASMAS BAJO LA CAMA

Cuando el miedo amaina, no sin dejar los nervios atrás, levanto la cabeza y miro en todas las direcciones. Tras cerciorarme de que todos los fantasmas han vuelto a irse bajo la cama, puedo salir y regresar a la silla de mimbre donde, con quietud, observo todo el día como las diminutas hojas de un magnífico bonsái colocado en el alféizar de la ventana caen sin tener aparentemente peso alguno.
Nunca he conseguido superar mis temores. Duermo en la silla porque se que los fantasmas esperan a que me acueste en la cama para hacerla girar y marear mis sueños. Se cuando van a salir, cada día viajan a las casas cercanas para poder alimentarse, pero los conozco muy bien y se que detrás de la puerta no me pasará nada.
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